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Ya nadie te da el empujón

Una joven adulta que ya no tiene un empujón.
Muchas personas con TDAH llegan a la adultez habiendo compensado sus dificultades durante años. La inteligencia puede ayudar a avanzar, pero no reemplaza las funciones ejecutivas que exige la vida cotidiana.

Una paciente me lo dijo con una claridad abismal: lo difícil, es que ahora ya no hay estructura, entonces quién viene y te da el empujón. Tiene treinta y cuatro años, un diagnóstico reciente, y acaba de descubrir que durante toda su vida escolar y universitaria alguien estuvo empujando por ella. La madre que la levantaba, la maestra que revisaba la agenda, el examen del viernes que le daba una fecha, los compañeros del grupo que le escribían para preguntarle por su parte del trabajo. Nada de eso existe hoy, y sin embargo la exigencia se multiplicó.


El TDAH del adulto se ve peor porque las ayudas desaparecieron


Siempre nos han dicho que el TDAH se supera con la edad, y lo que la investigación muestra es otra cosa: la hiperactividad visible baja, la inquietud se muda al interior, se convierte en esa dificultad para quedarse quieto en una reunión larga o para descansar sin hacer nada, mientras que la inatención y los problemas de organización se quedan, y la remisión completa es rara. Lo que sí cambia, y cambia radicalmente, es el andamiaje.


Un niño con TDAH vive rodeado de estructura ajena: horarios que él no diseñó, un timbre que le avisa, adultos que le recuerdan, consecuencias inmediatas, la tarea de mañana y no el proyecto de dentro de seis meses. Un adulto tiene que fabricar todo eso solo. Tiene que ponerse el horario, recordarse, medirse el tiempo, elegir por dónde empezar, y mantener una meta cuya recompensa llegará en marzo. Justo las funciones ejecutivas que en el TDAH funcionan mal son las que la vida adulta exige a tiempo completo. Es como pedirle a alguien con miopía que haga su trabajo sin lentes, y después decirle que se distrae.


El diploma no protege de nada


Muchos de estos pacientes llegan a mi consulta por primera vez a los treinta, a los cuarenta, a los cincuenta, y traen todos una versión de la misma historia. En la escuela iban pasando, la inteligencia les cubría lo que la organización no. En la universidad también pasaban, estudiando la madrugada anterior, con la adrenalina del examen encima funcionando como el estimulante que no tenían. El derrumbe, cuando llega, casi nunca llega por un fracaso académico, llega con el primer trabajo real, o con el primer hijo, o con la primera promoción, es decir, con el primer escenario donde no hay nadie diciendo qué se hace hoy y todo lo que hay son tareas simultáneas sin fecha visible de entrega.


Por eso hay pacientes que llegan diciendo que su TDAH empeoró. Casi nunca empeoró, lo que ocurrió es que se les cayeron las muletas.


Lo que reemplaza al empujón


Aquí es donde tengo que ser honesta con lo que la terapia puede y no puede hacer. Yo no le voy a devolver a nadie a la madre que lo levantaba, y tampoco creo en las listas mágicas, entre otras cosas porque la mayoría de mis pacientes ya probó las listas, las alarmas, las agendas caras y los métodos de productividad de internet, y por eso están sentados frente a mí, convencidos además de que si eso no les funcionó es porque el problema son ellos.


Tengo que ser honesta también con lo segundo, y es que hay un punto en el que ninguna estrategia entra si el cerebro no está en condiciones de recibirla. Trabajo en equipo con psiquiatría por una razón práctica: cuando la medicación está bien indicada y bien ajustada, el paciente consigue hacer con lo que le enseño lo que antes entendía perfectamente y era incapaz de ejecutar. El fármaco no le pone el horario a nadie ni le enseña a dividir un proyecto, y a la vez, en muchos casos, es lo que hace posible instalar todo lo demás.


El resto del trabajo va por diseñar una estructura hecha a la medida de este cerebro en particular y no del cerebro promedio, lo que suele significar reducir a la mitad lo que la persona creía que podía hacer en un día. Va por convertir lo abstracto en algo que se pueda ver y tocar, porque el tiempo que no se ve, para el TDAH, no existe. Va por conseguir empujones externos que sean legítimos y no vergonzosos: trabajar acompañado, aunque el otro esté haciendo algo distinto; comprometerse con alguien que espera un entregable; una llamada corta a las nueve de la mañana con un colega. Nada de eso es hacer trampa, es lo mismo que hace la persona que usa lentes.


Y va, sobre todo, por desmontar la culpa acumulada, que es la parte que más tiempo toma, porque un adulto que pasó treinta años escuchando que es vago, desordenado, irresponsable y que no se aplica, terminó creyéndolo, y esa creencia le hace más daño a su vida diaria que el propio déficit de atención.


Cuando esa paciente me preguntó quién viene ahora a darle el empujón, lo primero que hice fue decirle que su molestia tenía todo el sentido del mundo, porque debe ser de las cosas más frustrantes que hay, entender lo que uno tiene que hacer, querer hacerlo, y quedarse ahí parado sin poder arrancar. Lo que no le dije fue que aprendiera a darse el empujón sola, porque me habría sonado a frase de tarjeta y porque además no es lo que hacemos. Le dije que íbamos a construirle una estructura entre las dos, y que después iba a poder mantenerla ella. Ocho meses después me contó que empezó a trabajar los sábados en la mañana en la mesa de la cocina de una amiga, las dos en silencio, cada una en lo suyo, tres horas. Es lo más parecido a un aula que ha tenido en veinte años. La diferencia es que el timbre lo puso ella.

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