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Cuando el diagnóstico explica la mitad de lo que te pasa

Una paciente en una evaluación neuropsicológica.
Un diagnóstico preciso no consiste únicamente en poner un nombre a lo que ocurre. También permite entender qué procesos están involucrados y elegir intervenciones acordes con el perfil de cada persona.

A una mujer le diagnosticaron autismo a los treinta y uno, y por fin tuvo explicación el ruido de los restaurantes, el cansancio que le dejaba una fiesta de dos horas, la incomodidad de las etiquetas en la ropa. Lo que nadie le explicó fue por qué la cocina lleva tres días con los platos sin lavar, por qué empieza cinco proyectos y no cierra ninguno, por qué la cartera aparece en el carro, en la oficina, en cualquier parte menos donde ella la puso. Al hombre que vemos la semana siguiente le pasó al revés: tiene TDAH diagnosticado hace tres años, con el tratamiento se le ordenaron las mañanas y ya entrega a tiempo, pero las reuniones le siguen pareciendo un idioma que casi entiende, las conversaciones de pasillo lo dejan más cansado que la jornada entera, y el murmullo de la oficina le molesta de un modo que sus compañeros no le compran. A los dos les dieron media explicación de su vida.


Durante décadas, esa mitad faltante fue oficial. Hasta 2013, el manual diagnóstico más usado del mundo prohibía escribir los dos diagnósticos en la misma persona: si había autismo, la distracción se contaba como parte del autismo, punto. El profesional que veía las dos cosas no tenía dónde ponerlas. La regla cambió, la investigación se abrió, y lo que apareció fue esto: de cada diez personas autistas, cerca de cuatro tienen también TDAH, y entre los adultos con TDAH, casi la mitad muestra rasgos del espectro. Pero cuando en 2025 se revisaron los expedientes de casi dos millones de adultos con TDAH en Estados Unidos, el autismo aparecía anotado en uno de cada sesenta. Los rasgos están, los papeles no.


Se esconden bien uno detrás del otro, y esa es buena parte del problema. La persona con TDAH interrumpe, habla de más, se le va el hilo de lo que el otro estaba contando; la persona autista descifra las caras con esfuerzo y llega tarde al chiste, a la indirecta, al tono. Vistas desde afuera se parecen bastante: alguien que no termina de encajar en el grupo. Pasa igual con la capacidad de engancharse: el TDAH se pega a lo que le interesa y se olvida del mundo y de la hora, el autismo se dedica a su tema con una entrega que a la familia le parece excesiva, y desde la sala nadie distingue una cosa de la otra. Cuando ambas condiciones conviven en la misma persona, el resultado son adultos que parecen una contradicción andando: necesitan la rutina para funcionar y son incapaces de armarla, se les cae el día cuando el plan cambia de última hora y también cuando el plan se repite demasiado.


El sistema neuronal.

Todo esto sería un debate de especialistas si no fuera porque cambia el tratamiento. Una medicación puede mejorar la atención, la organización, el freno; no le va a enseñar a nadie a leer una cara ni le va a bajar el volumen a un mundo que le resulta agresivo. Y al revés: un adulto autista que aprende estrategias sociales, que ya sabe cómo entrar y salir de una conversación, sigue sin poder pagar la luz a tiempo si nadie le trabajó la desorganización. Al que se trata por una sola vía le mejora una parte de la vida y la otra sigue igual, y como esa otra parte nunca se evaluó, casi siempre concluye lo mismo: que ahí ya no es el diagnóstico, que ahí es él, que es flojo, que es raro, que es mal amigo.


Por eso evaluamos las dos cosas en el mismo proceso, con la misma historia de vida sobre la mesa. Se trabaja con lo que la persona recuerda de la infancia y con lo que recuerdan quienes estuvieron ahí, con pruebas que miden atención y organización, con otras que miden cómo interpreta las señales de los demás, y con el descarte de todo lo que se disfraza de ambos: años de ansiedad, una depresión larga, dormir mal, el consumo. Es una evaluación más larga que la de un solo diagnóstico, y a cambio devuelve una historia completa en lugar de una mitad.


Los adultos que llegan a evaluarse a los treinta, a los cuarenta, a los cincuenta, rara vez vienen por una etiqueta. Vienen porque hay una parte de su vida que no les cuadra con ninguna explicación que les hayan dado, y llevan años inventando teorías sobre sí mismos para llenar ese hueco. Casi todas esas teorías son injustas con ellos.

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