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Lo que algunos padres descubren sobre sí mismos durante la evaluación de TDAH de  su hijo

Neuropsicóloga Clínica



Una madre y su hija.
Detrás del clásico ‘yo también era así y sobreviví’ suele existir una vida sostenida a base de compensación, agotamiento y esfuerzo excesivo. El problema no es solo funcionar, sino cuánto costo emocional y mental implica hacerlo sin tratamiento.

Cuando evalúo a un niño con sospecha de TDAH, la entrevista con los padres es una de las  partes más reveladoras de todo el proceso. La intención clínica es recoger antecedentes  del desarrollo, dinámica familiar, historia escolar y descartar comorbilidades; pero  mientras voy preguntando por cómo duerme, cómo se le pierden las cosas, cómo  reacciona cuando lo regañan, qué pasa con las tareas escolares, etc., suele aparecer en el  rostro de los padres una expresión que ya reconozco de tanto verla: la sorpresa que  acompaña la apertura de una nueva historia, la de ellos mismos. 


El padre, o los padres, comienzan a recordar su propia infancia y a reconocerse en detalles  increíblemente simples. Esto no es casualidad, la heredabilidad del TDAH se estima en  torno al 74%, una de las cifras más altas en toda la psiquiatría. 


Cuando un padre tiene TDAH, la probabilidad de que el hijo lo desarrolle se eleva del 5% en  población general a cerca del 40-57%, según los estudios en la materia; cuando ambos  padres lo tienen, el riesgo sube todavía más, y la consulta termina mostrando un patrón de  funcionamiento compartido en toda la familia. Estadísticamente, evaluar a un niño con  TDAH y encontrar que uno o los dos padres también lo tienen es la norma, no la excepción;  lo que pasa es que en nuestro contexto la mayoría de esos adultos nunca se evaluaron y  llegan a la consulta del hijo sin tener idea de lo que vienen a descubrir sobre sí mismos. 


El padre que se identifica de inmediato 


Un padre conversando con su hijo.

Hay padres que se identifican apenas empiezo a describir los criterios; me interrumpen  para decir que ellos también pierden cosas todo el tiempo, que también se distraen en  reuniones, que también dejan proyectos a la mitad desde que se acuerdan. A veces lo hacen los dos, mirándose con sorpresa al darse cuenta de que llevaban años conviviendo  sin haber puesto nunca esas piezas juntas. Lo dicen con alivio, porque por primera vez  alguien describe en un consultorio una experiencia que ellos asumieron toda la vida como  un rasgo de personalidad o como un defecto. Suele aparecer la pregunta directa, "María  Alejandra, ¿yo también tengo eso?", y entonces hay que decidir clínicamente hasta dónde  abrir esa conversación en la consulta del hijo, sin desviar el foco pero sin cerrar una puerta  que ese adulto necesita. 


El padre que defiende que eso es normal 


Otros padres reaccionan en sentido contrario; escuchan los criterios, los contrastan con  su experiencia y concluyen que no puede tratarse de un trastorno, porque a ellos siempre  les pasó lo mismo y consideran que han hecho una vida funcional. Discuten el  diagnóstico, lo minimizan, dicen que el niño es vago, malcriado o que solo le falta carácter.


No es raro que esa postura la sostengan los dos a la vez, validándose entre sí, lo que  retrasa todavía más la aceptación del cuadro. Esta resistencia se mantiene hasta que  vamos revisando juntos las consecuencias acumuladas, las materias que va perdiendo,  los conflictos repetidos con los maestros, las amistades que se han ido desgastando por  la impulsividad, la fatiga crónica al final del día escolar; cuando los datos se ven en  conjunto, sin posibilidad de minimizarlos uno por uno, la posición empieza a moverse. El  reconocimiento llega más tarde, pero llega. 


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El padre que reconoce a su propio padre 


Algunos reconocen a sus propios padres. Aparece el clásico: "mi papá era igualito" o "mi  mamá nunca terminaba lo que empezaba", y se reconstruyen en consulta tres  generaciones de un mismo patrón. A veces los dos lados de la familia aportan  antecedentes, y entonces lo que tenemos en frente no es una herencia que vino de un solo  lado sino una convergencia de dos líneas, lo que explica además por qué la presentación  clínica del niño puede ser más intensa o más temprana de lo habitual. Es información  clínicamente valiosa, no anecdótica; la historia familiar del TDAH se transmite con una  consistencia que pocos cuadros psiquiátricos tienen, y conocerla ayuda a anticipar qué  dificultades pueden aparecer en el niño que tengo en frente. 


La culpa que aparece cuando el padre se reconoce 


Cuando esta información se conecta con el diagnóstico del hijo, en algunos padres  aparece la culpa; sienten que le transmitieron una dificultad que les pesó toda la vida.  Cuando ambos padres se identifican, la culpa puede instalarse en los dos a la vez o  concentrarse en el que lo vivió de forma más limitante. 


Esa culpa no es inocua, condiciona decisiones clínicamente desfavorables: minimiza el  tratamiento del niño para no confirmar el suyo, posterga la propia evaluación o se sobreexige en un intento de compensación. 


Por eso, cuando aparece, no puedo obviarla y debo dedicar unos minutos de la entrevista  para calmarla; la literatura es clara en que el padre con TDAH no tratado tiene peor  adherencia al tratamiento del hijo y peor capacidad de mantener las pautas conductuales  que se le indican. En estos casos, atender al adulto forma parte del mismo abordaje,  porque su tratamiento incide directamente en el pronóstico del niño. 


El argumento del "yo pude solo, mi hijo también podrá" 


También aparece, con bastante frecuencia, el argumento de "yo pude sin medicamentos,  sin terapia, sin nada, mi hijo también podrá"; detrás de esa frase se esconde la historia de  quien la dice, alguien que ha tenido que pagar un costo enorme por esa supuesta autosuficiencia, años de esfuerzo desproporcionado para producir lo que otros producían  con facilidad, oportunidades académicas o laborales que se quedaron por el camino,  relaciones desgastadas, decisiones tomadas a la fuerza, una vida adulta que funciona por  fuera pero a un costo interno que el propio padre no siempre ha dimensionado. 


La compensación cognitiva es genuina y dura décadas en adultos con buen CI y entornos  estructurados, pero tiene techo, y suele desbordarse cuando aumentan las demandas, en  la maternidad, en un ascenso laboral, en la perimenopausia o cuando el cuidado de un padre mayor se suma a la carga existente. 


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El reproche al hijo como frustración propia 


Un padre reprimiendo a su hijo.

Esta es, probablemente, la situación más difícil de ver en la consulta, cuando los padres le  reprochan a sus hijos que no se esfuerzan lo suficiente, que deben ser más responsables;  lo que se está moviendo allí está bastante lejos de ser una corrección educativa, se trata  de la frustración acumulada durante décadas con un funcionamiento propio que vivieron  como un defecto de su carácter, descargada sobre el hijo que ahora vive lo mismo. 


En ese momento puedo imaginar a ese padre como un niño pequeño, asustado de la  reprimenda por "fallar" que le ofrecieron, experimentando la decepción al sentir que eran  "vagos" o "flojos" a pesar de esforzarse por no serlo. 


Pero eso lo veo yo, no ellos; ellos lo experimentan como exigencia legítima y bien  intencionada, pero clínicamente lo que aparece en el reproche es la propia historia no  procesada. Cuando este mecanismo se aborda en consulta, la intención no es culpabilizar  a los padres, es permitir que el reproche pueda detenerse y que el hijo no termine  cargando una frustración que no le pertenece; y, en muchos casos, también permite que el  adulto se autorice una evaluación propia, porque si lo que el hijo tiene es tratable, lo que  ellos tienen también. 


En mi experiencia, una parte importante de las evaluaciones de TDAH en adultos nace  exactamente acá. Padres que llegaron acompañando a un hijo y que, durante el proceso,  se dieron cuenta de que parte de lo que el niño tenía explicaba también lo que ellos  vivieron toda la vida; la mayoría vuelven semanas después pidiendo evaluarse, y la  consulta del hijo termina siendo, sin haberlo previsto, el punto de partida de un  diagnóstico que llevaba treinta o cuarenta años esperando.

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