Lo que algunos padres descubren sobre sí mismos durante la evaluación de TDAH de su hijo
- Neurohealth RD
- 18 may
- 5 min de lectura

Por Lic. María Alejandra Correa Oliveira
Neuropsicóloga Clínica

Cuando evalúo a un niño con sospecha de TDAH, la entrevista con los padres es una de las partes más reveladoras de todo el proceso. La intención clínica es recoger antecedentes del desarrollo, dinámica familiar, historia escolar y descartar comorbilidades; pero mientras voy preguntando por cómo duerme, cómo se le pierden las cosas, cómo reacciona cuando lo regañan, qué pasa con las tareas escolares, etc., suele aparecer en el rostro de los padres una expresión que ya reconozco de tanto verla: la sorpresa que acompaña la apertura de una nueva historia, la de ellos mismos.
El padre, o los padres, comienzan a recordar su propia infancia y a reconocerse en detalles increíblemente simples. Esto no es casualidad, la heredabilidad del TDAH se estima en torno al 74%, una de las cifras más altas en toda la psiquiatría.
Cuando un padre tiene TDAH, la probabilidad de que el hijo lo desarrolle se eleva del 5% en población general a cerca del 40-57%, según los estudios en la materia; cuando ambos padres lo tienen, el riesgo sube todavía más, y la consulta termina mostrando un patrón de funcionamiento compartido en toda la familia. Estadísticamente, evaluar a un niño con TDAH y encontrar que uno o los dos padres también lo tienen es la norma, no la excepción; lo que pasa es que en nuestro contexto la mayoría de esos adultos nunca se evaluaron y llegan a la consulta del hijo sin tener idea de lo que vienen a descubrir sobre sí mismos.
El padre que se identifica de inmediato

Hay padres que se identifican apenas empiezo a describir los criterios; me interrumpen para decir que ellos también pierden cosas todo el tiempo, que también se distraen en reuniones, que también dejan proyectos a la mitad desde que se acuerdan. A veces lo hacen los dos, mirándose con sorpresa al darse cuenta de que llevaban años conviviendo sin haber puesto nunca esas piezas juntas. Lo dicen con alivio, porque por primera vez alguien describe en un consultorio una experiencia que ellos asumieron toda la vida como un rasgo de personalidad o como un defecto. Suele aparecer la pregunta directa, "María Alejandra, ¿yo también tengo eso?", y entonces hay que decidir clínicamente hasta dónde abrir esa conversación en la consulta del hijo, sin desviar el foco pero sin cerrar una puerta que ese adulto necesita.
El padre que defiende que eso es normal
Otros padres reaccionan en sentido contrario; escuchan los criterios, los contrastan con su experiencia y concluyen que no puede tratarse de un trastorno, porque a ellos siempre les pasó lo mismo y consideran que han hecho una vida funcional. Discuten el diagnóstico, lo minimizan, dicen que el niño es vago, malcriado o que solo le falta carácter.
No es raro que esa postura la sostengan los dos a la vez, validándose entre sí, lo que retrasa todavía más la aceptación del cuadro. Esta resistencia se mantiene hasta que vamos revisando juntos las consecuencias acumuladas, las materias que va perdiendo, los conflictos repetidos con los maestros, las amistades que se han ido desgastando por la impulsividad, la fatiga crónica al final del día escolar; cuando los datos se ven en conjunto, sin posibilidad de minimizarlos uno por uno, la posición empieza a moverse. El reconocimiento llega más tarde, pero llega.
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El padre que reconoce a su propio padre
Algunos reconocen a sus propios padres. Aparece el clásico: "mi papá era igualito" o "mi mamá nunca terminaba lo que empezaba", y se reconstruyen en consulta tres generaciones de un mismo patrón. A veces los dos lados de la familia aportan antecedentes, y entonces lo que tenemos en frente no es una herencia que vino de un solo lado sino una convergencia de dos líneas, lo que explica además por qué la presentación clínica del niño puede ser más intensa o más temprana de lo habitual. Es información clínicamente valiosa, no anecdótica; la historia familiar del TDAH se transmite con una consistencia que pocos cuadros psiquiátricos tienen, y conocerla ayuda a anticipar qué dificultades pueden aparecer en el niño que tengo en frente.
La culpa que aparece cuando el padre se reconoce
Cuando esta información se conecta con el diagnóstico del hijo, en algunos padres aparece la culpa; sienten que le transmitieron una dificultad que les pesó toda la vida. Cuando ambos padres se identifican, la culpa puede instalarse en los dos a la vez o concentrarse en el que lo vivió de forma más limitante.
Esa culpa no es inocua, condiciona decisiones clínicamente desfavorables: minimiza el tratamiento del niño para no confirmar el suyo, posterga la propia evaluación o se sobreexige en un intento de compensación.
Por eso, cuando aparece, no puedo obviarla y debo dedicar unos minutos de la entrevista para calmarla; la literatura es clara en que el padre con TDAH no tratado tiene peor adherencia al tratamiento del hijo y peor capacidad de mantener las pautas conductuales que se le indican. En estos casos, atender al adulto forma parte del mismo abordaje, porque su tratamiento incide directamente en el pronóstico del niño.
El argumento del "yo pude solo, mi hijo también podrá"
También aparece, con bastante frecuencia, el argumento de "yo pude sin medicamentos, sin terapia, sin nada, mi hijo también podrá"; detrás de esa frase se esconde la historia de quien la dice, alguien que ha tenido que pagar un costo enorme por esa supuesta autosuficiencia, años de esfuerzo desproporcionado para producir lo que otros producían con facilidad, oportunidades académicas o laborales que se quedaron por el camino, relaciones desgastadas, decisiones tomadas a la fuerza, una vida adulta que funciona por fuera pero a un costo interno que el propio padre no siempre ha dimensionado.
La compensación cognitiva es genuina y dura décadas en adultos con buen CI y entornos estructurados, pero tiene techo, y suele desbordarse cuando aumentan las demandas, en la maternidad, en un ascenso laboral, en la perimenopausia o cuando el cuidado de un padre mayor se suma a la carga existente.
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El reproche al hijo como frustración propia

Esta es, probablemente, la situación más difícil de ver en la consulta, cuando los padres le reprochan a sus hijos que no se esfuerzan lo suficiente, que deben ser más responsables; lo que se está moviendo allí está bastante lejos de ser una corrección educativa, se trata de la frustración acumulada durante décadas con un funcionamiento propio que vivieron como un defecto de su carácter, descargada sobre el hijo que ahora vive lo mismo.
En ese momento puedo imaginar a ese padre como un niño pequeño, asustado de la reprimenda por "fallar" que le ofrecieron, experimentando la decepción al sentir que eran "vagos" o "flojos" a pesar de esforzarse por no serlo.
Pero eso lo veo yo, no ellos; ellos lo experimentan como exigencia legítima y bien intencionada, pero clínicamente lo que aparece en el reproche es la propia historia no procesada. Cuando este mecanismo se aborda en consulta, la intención no es culpabilizar a los padres, es permitir que el reproche pueda detenerse y que el hijo no termine cargando una frustración que no le pertenece; y, en muchos casos, también permite que el adulto se autorice una evaluación propia, porque si lo que el hijo tiene es tratable, lo que ellos tienen también.
En mi experiencia, una parte importante de las evaluaciones de TDAH en adultos nace exactamente acá. Padres que llegaron acompañando a un hijo y que, durante el proceso, se dieron cuenta de que parte de lo que el niño tenía explicaba también lo que ellos vivieron toda la vida; la mayoría vuelven semanas después pidiendo evaluarse, y la consulta del hijo termina siendo, sin haberlo previsto, el punto de partida de un diagnóstico que llevaba treinta o cuarenta años esperando.




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