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¿Por qué la depresión en la vejez pasa desapercibida?


Un envejeciente en depresión.
No todo cambio en la vejez es parte del envejecimiento: cuando la tristeza, el aislamiento o la irritabilidad se vuelven persistentes, puede tratarse de depresión que está siendo interpretada como algo “normal”.

Tal vez has notado que tu mamá, tu papá o algún familiar mayor “ya no es el mismo”: está más callado, se aísla, se irrita con facilidad, duerme distinto o se le olvidan cosas que antes manejaba sin problema. Muchas veces la respuesta automática que escuchamos es “eso es normal, son cosas de la edad”. Justamente ahí empieza el problema: cuando se coloca todo bajo la etiqueta de “vejez”, la depresión en los adultos mayores pasa desapercibida y queda sin el tratamiento que podría mejorar mucho su calidad de vida.


Se confunde con “carácter” o con el envejecimiento normal


Una de las razones principales es que los cambios de ánimo en la vejez se interpretan como rasgos de carácter o como parte inevitable de envejecer. La persona que antes era activa y ahora está más apagada se describe como “se está poniendo más seria” o “ya no tiene edad para estar inventando”. El adulto mayor que se irrita o discute más se ve como alguien “gruñón” o “difícil”. En lugar de preguntarnos si hay tristeza, desesperanza o pérdida de interés detrás, lo normalizamos como una fase de la vida.


También hay cambios que sí son esperables con la edad, como cansarse más rápido o necesitar más tiempo para ciertas tareas. Eso puede hacer que resulte difícil diferenciar lo que es propio del envejecimiento de lo que indica que hay una depresión. Cuando todo se mete en el mismo saco, los síntomas emocionales se invisibilizan.


Se manifiesta más en el cuerpo que en palabras


Otra razón es que muchos adultos mayores no hablan de tristeza o angustia, pero sí se quejan del cuerpo. La depresión en esta etapa suele presentarse con dolores, sensación de cansancio extremo, problemas de sueño, cambios en el apetito o molestias físicas repetidas. Es habitual que vayan una y otra vez a distintos especialistas buscando una explicación a lo malestar físico, mientras el estado de ánimo apenas se explora.


Si los estudios salen relativamente bien, se suele decir que “es la presión”, “son los nervios” o “son achaques de la edad”, y la depresión queda escondida detrás de diagnósticos médicos parciales. Sin embargo, cuando el cuerpo se convierte en el principal lenguaje del malestar, sin evidencias médicas, el estado emocional debe revisarse.


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El duelo, las pérdidas y la idea de que “es lógico que esté así”


La vejez suele ir acompañada de pérdidas: muerte de seres queridos, enfermedades físicas, jubilación, cambios en el rol familiar, menos independencia. Todo eso impacta. Pero que algo sea comprensible no significa que no pueda transformarse en una depresión. Es muy común que se piense “con todo lo que ha pasado, es normal que esté triste” y se dé por sentado que no hay nada que hacer.


Esa forma de verlo, aunque bien intencionada, puede hacer que se minimice el sufrimiento. Una cosa es transitar un duelo o una etapa difícil; otra, muy distinta, es vivir meses o años con ánimo bajo casi todo el tiempo, sin ganas de hacer nada, con sensación de vacío o de que la vida ha perdido sentido. Cuando el entorno asume que “es lógico que esté así”, disminuye la probabilidad de buscar ayuda especializada.


El peso del estigma y de la educación que recibieron


La generación de muchos adultos mayores creció en un contexto donde hablar de salud mental no era común. Expresiones como “eso es de locos”, “eso es para gente débil” o “uno tiene que aguantar” han dejado huella. Por eso, no es raro que les cueste decir que se sienten deprimidos o ansiosos; pueden vivirlo como una vergüenza o un fracaso personal.


En lugar de nombrar tristeza o desesperanza, dicen que “no quieren molestar”, que “no quieren ser una carga” o que “lo que tienen que hacer es resignarse”. Desde afuera, la familia puede interpretar esto como aceptación o como “ya está cansado de la vida”, cuando en realidad puede tratarse de un cuadro depresivo que se está viviendo en silencio.


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Los cambios de memoria y conducta pueden tapar la depresión


En muchos adultos mayores, los primeros signos que preocupan a la familia son los cambios de memoria o de conducta: olvidos llamativos, desorientación, acusaciones extrañas, desconfianza, conductas impulsivas o, por el contrario, un retiro marcado de todo. Es natural que la primera sospecha sea la demencia. Sin embargo, la depresión también puede producir problemas de atención, concentración y memoria, así como cambios importantes en la forma de relacionarse con los demás.


A veces, la depresión y el inicio de un deterioro cognitivo se mezclan. Otras veces, es sobre todo la depresión la que oscurece el funcionamiento mental. Si solo nos centramos en la memoria y no preguntamos por el ánimo, la desesperanza o las ganas de seguir adelante, es fácil pasar por alto la parte depresiva que sí podría mejorar.


Un envejeciente con apoyo.

Qué puede marcar la diferencia


Para que la depresión en la vejez no pase desapercibida, es clave prestar atención a ciertos cambios que no deberíamos atribuir automáticamente a la edad: pérdida marcada de interés por actividades que antes disfrutaba, aislamiento social progresivo, descuido claro de la higiene o de la alimentación, quejas frecuentes de sentirse inútil o de ser una carga, comentarios sobre no querer seguir viviendo, cambios de sueño muy llamativos y quejas físicas persistentes sin explicación médica suficiente.


En estos casos, consultar con un profesional de salud mental, y en especial con un psiquiatra que tenga experiencia en adultos mayores, puede ayudar a aclarar qué está ocurriendo y abrir la posibilidad de tratamiento: psicoterapia, ajustes de medicación, apoyo a la familia y pequeños cambios en la rutina que, en conjunto, pueden mejorar de forma significativa el bienestar de la persona.

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