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Cinco horas en el videojuego, ni diez minutos fregando los platos

Una joven hiper-enfocada en su juego.
En el TDAH, la dificultad no consiste en prestar atención, sino en regular hacia dónde se dirige y durante cuánto tiempo permanece enfocada según las demandas del momento.

La madre lo dice con una mezcla de rabia y desconcierto: “doctora, si se pasa cinco horas pegado al videojuego sin levantarse ni a comer, cómo me va a decir que no puede concentrarse, lo que pasa es que no le da la gana de fregar los platos”. La frase la he oído tantas veces, con el videojuego, con la serie, con el celular, que se ha vuelto casi un género. Y encierra una trampa lógica que conviene desarmar, porque de ella dependen muchas peleas en casa.


La atención no es un interruptor que se enciende a voluntad


La idea de fondo, esa que parece de puro sentido común, es que la atención es una sola, un músculo o un interruptor que la persona enciende cuando quiere y apaga cuando le conviene. Si la enciende para el juego, entonces, podría encenderla para los platos, pero el cerebro con TDAH no trabaja así. Su dificultad aparece en la regulación de esa atención, en dirigirla hacia donde toca cuando lo que toca no ofrece ninguna recompensa inmediata.


Esas cinco horas de juego tienen incluso un nombre clínico, hiperfoco, un estado de absorción tan intenso en algo muy estimulante que la persona pierde la noción del tiempo, del hambre y de lo que ocurre alrededor. Lejos de contradecir el diagnóstico, lo confirma, porque muestra que la atención está ahí, entera, solo que se enciende sola ante lo que fascina y se apaga ante lo monótono. El videojuego ofrece justo lo que ese cerebro necesita para arrancar, novedad continua, metas cortas, recompensa inmediata, una respuesta a cada segundo. Fregar los platos no ofrece nada de eso, y por eso, para esa cabeza, las dos tareas no están ni cerca de pedir el mismo esfuerzo.


Por qué el juicio de “no le da la gana” hace daño


Aquí es donde la química ayuda a entender la escena. La dopamina, ligada a la motivación y la recompensa, trabaja en el TDAH de forma desregulada, y eso hace que el cerebro se movilice ante el interés y la urgencia mucho más que ante la importancia. La tarea aburrida, de recompensa lejana, le resulta cuesta arriba, le falta la señal química que en otros aparece sola para ponerse en marcha. Cuando a esa dificultad se le pega la etiqueta de no le da la gana, se suma al problema una herida, la de crecer escuchando que uno es vago o malcriado, y de ahí sale buena parte de la ansiedad y la tristeza que acompañan al TDAH sin tratar.


Medir el esfuerzo por el mejor momento es injusto


El rendimiento en el TDAH es variable por naturaleza, hay horas buenas y horas imposibles, días lúcidos y días de niebla, y la persona suele ser juzgada por su mejor momento, como si pudiera repetirlo a voluntad.


¿Lo que ayuda? empieza por dejar de lado la vara moral y en su lugar aplicar estrategias concretas, acercar las tareas aburridas al modo en que ese cerebro se activa, ponerles un cronómetro, convertirlas en retos cortos, hacerlas en compañía de alguien, trocearlas hasta que el primer paso casi no pese.


En consulta esto se combina, según el caso, con tratamiento, y el abordaje conjunto, otra vez, rinde más que cualquiera de las partes por separado; exigir simplemente más ganas es desconocer cómo funciona el motor.


Cuando una familia entiende que las cinco horas de juego y los diez minutos de platos no miden lo mismo, suele bajar la temperatura de la casa, y el adolescente o el adulto deja de defenderse de una acusación que nunca mereció.


Evaluar un TDAH requiere una mirada clínica detallada, no un veredicto sacado de una escena del almuerzo familiar. Si esta discusión se repite en casa, semana tras semana, conviene entender qué la causa antes de seguir peleándola.

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