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El precio que pagamos los adultos por las “virtudes” de la infancia

Joven estresado por autoexigirse.
Muchos adultos funcionales no aprendieron a descansar, aprendieron a sobrevivir siendo útiles para los demás. La autoexigencia no siempre nace de la ambición; muchas veces nace del miedo a dejar de ser necesarios.

Llegan a consulta con un cuadro que conocemos bien, adultos de treinta a cuarenta años,

exitosos profesionalmente, responsables, queridos en su entorno, que describen meses

de mal dormir, ansiedad de fondo y un agotamiento que no se corrige con vacaciones.

Suelen contar lo que les pasa con cierta culpa, como si no tuvieran derecho a quejarse,

porque "objetivamente" su vida funciona bien; y muchas veces, cuando empezamos a

explorar de dónde viene esa fatiga, lo que aparece no es el trabajo, no es la pareja, no es la

maternidad reciente, sino una historia familiar que viene de la infancia.


En toda familia hay funciones que alguien tiene que cumplir, aunque sea como un contrato

tácito; cuando un padre no está emocionalmente disponible, cuando una madre carga una

depresión no tratada, cuando hay un hermano con una condición que demanda mucha

atención, cuando una pareja vive en conflicto crónico, alguien dentro del sistema absorbe

lo que sobra. Y los niños son particularmente sensibles para detectar lo que falta y

llenarlo, porque dependen del adulto para sobrevivir y aprenden temprano que ganarse el

lugar se hace a través de la utilidad.


Así aparecen los hijos que a los diez años ya leen el estado de ánimo de la casa al entrar

por la puerta, los que se vuelven confidentes de uno de los padres antes de tener edad

para serlo, los que organizan la vida de hermanos menores porque los adultos están

ocupados con sus propios problemas, los que aprendieron a no dar problemas porque ya

había suficiente alrededor. La familia, seguramente, no lo ve como un inconveniente; lo

interpreta como una virtud, "es muy maduro para su edad", "es muy responsable", "es muy

noble", y bajo ese reconocimiento el rol se consolida.


El adulto que parece estar bien


Niño estresado por autoexigirse.

Décadas después, ese niño es un adulto altamente funcional; organiza, resuelve, sostiene a otros, se acuerda del medicamento de la mamá, media entre hermanos que ya no se hablan, en el trabajo asume funciones de varios cargos sin reclamar nada. Funciona tan bien que durante años el sistema entero, familiar y laboral, se acomoda alrededor de su capacidad de cargar, hasta que llega un momento en que algo empieza a fallar: un cuadro de ansiedad que se vuelve persistente, una caída del ánimo, una crisis física que aparece sin causa orgánica clara, una sensación creciente de que la vida pesa más de lo que debería pesar.


Lo que muchas veces hay detrás es una habilidad de supervivencia infantil que dejó de ser

útil y que nadie le enseñó a apagar.


Por qué el cuerpo lo cobra décadas después


Joven estresada por autoexigirse.

Lo que en la infancia fue adaptativo, en la adultez se vuelve costoso. La hipervigilancia que a los ocho años sirvió para anticipar el humor de un padre impredecible fue, en su

momento, una respuesta funcional, ese niño dependía de ese padre y no tenía otros recursos para lidiar con esa imprevisibilidad; hizo lo que podía hacer, y lo hizo bien.


El problema es que esa misma hipervigilancia, a los treinta y cinco, se manifiesta como una incapacidad de descansar, una alerta de fondo que el sistema nervioso no apaga; la habilidad de leer al otro antes de atender lo propio, a los cuarenta se traduce en agotamiento crónico y en relaciones donde la persona siempre termina cuidando y nunca recibiendo. La identidad construida sobre la utilidad ("yo soy la que resuelve", "yo soy el fuerte") se vuelve una jaula: se vive con miedo a defraudar, con culpa al descansar, con la sensación de que sin esa función uno no tiene lugar.


Clínicamente, estos cuadros pueden manifestarse como ansiedad generalizada, como

rasgos obsesivos, como cuadros depresivos atípicos, y tratarse sintomáticamente; la

medicación, cuando aplica, ayuda y muchas veces es necesaria. Pero si no se aborda el rol

de origen, el patrón vuelve, porque la vida sigue exigiéndole al adulto cargar lo mismo que

cargaba el niño.


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Lo que se trabaja en consulta


El criterio clínico para reconocerse en este patrón no es haber tenido una infancia mala, ni

implica que los padres hayan sido malos padres. Familias funcionalmente "normales" en

lo económico y social pueden generar este tipo de carga si hubo un padre periférico, una

madre con depresión no tratada, una migración, un duelo no elaborado o una separación

mal procesada.


En muchísimos casos, esos padres también hicieron lo que pudieron con lo que tenían,

cargaron a su vez roles que no escogieron y respondieron desde donde podían responder.


En terapia se trabaja primero el reconocimiento de la función que se cumplió, el costo que

se ha pagado, los lugares en la vida adulta donde el rol sigue operando sin saberlo.

Después viene un paso fundamental, y probablemente el más difícil del proceso, caer en

cuenta de que ese rol forma parte de la propia identidad, y que abandonarlo asusta,

porque aparece la pregunta de por qué será uno valorado ahora, cómo se va a reconocer a

sí mismo si ya no es "el que resuelve todo", "el fuerte", "la que carga"; ese es el trabajo más

profundo de la terapia, y el que requiere más tiempo.


A partir de ahí viene un proceso lento de aprender a soltar, que casi nunca implica romper

con la familia (aunque las redes sugieran que sí), implica más bien cambiar la relación, dejar de cumplir automáticamente la función asignada, recuperar la posibilidad de pedir,

de descansar, de no estar disponible. Es un trabajo que se inicia en terapia individual,

aunque el origen sea sistémico, porque la mayoría de personas que se reconocen en este

patrón no llegan a consulta con su familia completa, llegan solas.


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Cuándo consultar


Si esta descripción se reconoce en sensaciones concretas, ansiedad crónica que ya no se

sabe a qué atribuir, agotamiento que no mejora con descanso, dificultad para identificar lo

que uno mismo quiere, culpa cuando no se está cuidando a alguien, vale la pena

consultar. En Neurohealth contamos con especialistas en terapia de familia y pareja, que

acompañan este tipo de procesos en terapia individual con adultos que están empezando

a reconocer la carga que llevan sin haberla elegido.

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