Autismo e inteligencia: lo que ese número no dice de tu hijo
- Neurohealth RD
- hace 5 días
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De un informe de evaluación, lo primero que casi todos los padres buscan es el número. Ahí está, en una tabla, con dos dígitos que parecen resumir a un niño entero: el que a los cuatro años se sabe las estaciones en orden pero todavía no pide agua, el que arma rompecabezas de cien piezas y llora media hora porque cambiaron la ruta a la escuela. Y alrededor de ese número circulan dos ideas contrarias que se oyen todo el tiempo, la de que los niños autistas son genios escondidos y la de que el autismo viene siempre acompañado de discapacidad intelectual.
El autismo se reparte por todo el rango de la inteligencia
Los datos de vigilancia más grandes que existen, hechos sobre miles de niños de ocho años con diagnóstico de autismo, muestran un reparto bastante parejo: alrededor de cuatro de cada diez tienen discapacidad intelectual, dos quedan en el rango limítrofe y cerca de cuatro puntúan en el promedio o por encima. Las habilidades excepcionales del tipo que popularizó el cine, la memoria de calendario o el cálculo relámpago, aparecen en una minoría, cerca de uno de cada diez. Así que ninguna de las dos frases de la sala de espera resiste los datos. Y para tu hijo lo que importa está menos en cuál de los tres grupos cae y más en algo que el número por sí solo no alcanza a mostrar.
El puntaje que salió puede quedar por debajo de lo que el niño puede
Las pruebas de inteligencia más usadas piden entender instrucciones habladas, contestar con palabras, quedarse sentado frente a un adulto desconocido durante una hora larga, cambiar de tarea cuando lo indican y trabajar contra reloj. Todas esas exigencias son, justamente, las que le cuestan a un niño con autismo. Lo que se termina midiendo, entonces, es una mezcla de razonamiento con lenguaje, tolerancia social y velocidad.

Un grupo de investigadores lo mostró de una manera difícil de olvidar: evaluaron a treinta niños autistas con la escala habitual y ninguno pudo completarla, solo seis lograron hacer algún subtest. A esos mismos niños les aplicaron después una prueba de razonamiento con figuras, sin instrucciones habladas, y veintiséis de los treinta dieron un puntaje válido; uno de cada cuatro quedó en el promedio o por encima. En otros estudios, los niños autistas puntúan en la prueba de figuras alrededor de treinta percentiles más alto que en la prueba tradicional, una diferencia que no aparece en los niños sin autismo.
Traducido a lo que te sirve: si tu hijo tiene lenguaje limitado o le cuesta cooperar con un examinador, pide que la evaluación incluya una medida no verbal. Un puntaje bajo obtenido en condiciones que el niño no podía cumplir no describe su capacidad, describe la prueba.
El perfil dice más que el promedio, y lo adaptativo dice todavía más
Los niños autistas no suelen rendir parejo. Suelen tener picos en razonamiento visual y en comprensión verbal, y un valle marcado en velocidad de procesamiento, del orden de una desviación por debajo del resto de su propio perfil. Eso explica algo que las maestras describen todo el tiempo sin saber cómo llamarlo: el niño sabe la respuesta y se tarda una eternidad en darla, y en el aula eso se lee como pereza, distracción o falta de interés. Por eso, cuando te entreguen el informe, pregunta por el perfil de índices y no solo por el total; el promedio de un perfil disparejo describe a un niño que no existe.
Y pide siempre que junto a la inteligencia se mida la conducta adaptativa, que es lo que el niño hace de verdad en su vida diaria: pedir ayuda, vestirse, cruzar la calle, resolver un imprevisto, mantener una conversación con un compañero. Ahí aparece la sorpresa que descoloca a tantas familias: la distancia entre lo que el niño puede razonar y lo que logra hacer suele ser mayor justamente en los niños con mejores puntajes. El que lee desde los tres años puede ser el mismo que a los diez no sabe decirle a la maestra que no entendió.
Esa parte, además, es la que más se enseña. Las habilidades adaptativas se entrenan con objetivos concretos y práctica en la vida real, y es donde se ven los avances que la familia nota en casa.
Un número tomado a los tres años no es una sentencia
En un seguimiento de niños evaluados al momento del diagnóstico y de nuevo al entrar a la escuela, los diagnosticados a los dos años subieron en promedio dieciocho puntos de cociente intelectual en ese intervalo, y ninguno de los que había puntuado apenas por encima de setenta cumplió después criterios de discapacidad intelectual. En preescolares con lenguaje limitado, un puntaje cognitivo es una foto de ese día, tomada en condiciones difíciles.
Por otra parte, en el autismo la ansiedad y la depresión aparecen con más frecuencia en los niños con puntajes altos, en parte porque un niño que habla bien y contesta bien recibe más expectativas y menos apoyos. Nada de eso está en la tabla del informe. Por eso una evaluación que sirve no termina en un número, termina en una reunión donde se explica qué se encontró y en un plan que la familia y la escuela puedan usar el lunes siguiente.




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